Junio 20, 2021

    LA GOMERA, una isla de estremecedora naturaleza salvaje

    A una hora en barco desde el Puerto de los Cristianos en Tenerife, atracamos en San Sebastián de La Gomera. De origen volcánico ostenta una compleja orografía. Valles con cañones sobrecogedores, tremendos collados y playas portentosas nos dejan boquiabiertos. Una isla que ha sabido conservar un paisaje indescriptible labrado por la erosión de más de dos millones de años. Su joya más preciada es El Parque Nacional de Garajonay, otro rincón donde descubrimos paisajes únicos del periodo Terciario. Una pequeña gran isla hecha para los amantes de la naturaleza y el turismo activo. 

     Por Nuria Araguás y A.B.S. 
    Fotoscedidas por el Departamento de Turismo de La Gomera y Evasión

    Desde las últimas erupciones que se produjeron hace dos millones de años, la erosión del agua ha dejado un panorama sin igual en La Gomera. También el clima templado en la costa con temperaturas medias de 22ºC y los vientos alisios que humedecen el medio producen un paisaje singular y muy diverso. La altura máxima de 1.487 metros se halla en El alto del Garajonay, situado en el Parque Nacional del mismo nombre, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986 por la Unesco. La isla es desde el año 2012, Reserva de la Biosfera.

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    La Gomera es un paraíso fuera del turismo de masas  y más aún para el que le guste el senderismo. Cuenta con más de 650 Km de caminos que atraviesan una diversidad de parajes fascinantes, adentrándose en rincones escondidos que parecen no haber sido todavía descubiertos. Paisajes de laurisilva, cuyos árboles milenarios te transportan a épocas prehistóricas, territorios áridos e inhóspitos, playas de arena negra, vergeles de palmeras, cada esquina nos enseña una naturaleza salvaje repleta de contrastes. 

    En representación de su cultura, encontramos el “Silbo Gomero” una peculiar forma de comunicación mediante silbidos, declarada Patrimonio de la Humanidad, que ha sido utilizada desde hace miles de años y transmitida de padres a hijos. Este lenguaje silbado, se incluye en la enseñanza de educación Primaria y Secundaria Obligatoria en todos los colegios de la isla asegurando la pervivencia del silbo entre las nuevas generaciones. 

    La isla también ofrece una excelente Red de Miradores que son un imprescindible. Ubicados y señalizados en lugares estratégicos, saltar de uno a otro es una alternativa. Al tener un terreno tan abrupto, característica en la que radica parte de su belleza, las carreteras se convierten en puertos de constantes y numerosas curvas. Como solución al malestar y mareos debemos llevar la típica “Biodramina” antes de partir en cada excursión, para evitar pasar un mal día. 

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    Viajamos a Tenerife en noviembre, con el fin de coger un ferry a San Sebastián de La Gomera. Lejos de quien piense que La Gomera se puede ver en un día o dos, con cinco días de estancia nos quedamos con la sensación de dejarnos lugares sin explorar. Esta isla hay que recorrerla con calma, y se necesita vehículo para ello. Lo contratamos con la empresa “CICAR” cuando llegamos al aeropuerto en Tenerife Norte, ya que las tarifas en el mes de noviembre nos resultaron más económicas en este aeropuerto que en Tenerife Sur, y, aunque tuvimos que conducir hasta el Puerto de los Cristianos que se encuentra en el sur, desde donde sale el ferry, es una autovía sin mayor problema. Una vez en el Puerto de los Cristianos, tuvimos la oportunidad de dar un pequeño paseo y disfrutar de un pescado fresco y las ricas “papas arrugás” con su mojo rojo y verde, en una de las terrazas instaladas cerca del mar. También nos deleitamos del popular “barraquito”, uno de nuestros preferidos, un café al estilo canario que no debéis dejar de probar, es francamente delicioso. 

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    Una hora antes de salir, embarcamos con el vehículo en el ferry con la Naviera Armas. 

    El viaje en barco es maravilloso y muy cómodo. Según nos íbamos alejando, las perspectivas que nos dejaba la isla de Tenerife y el Teide eran “de postal”. Tranquilamente, sentados en la cubierta, disfrutamos de la plácida navegación y de las tan variadas y bellas panorámicas. 

    La llegada a San Sebastián de la Gomera nos ofreció otra bonita estampa. Un pueblecito de casitas de colores se alineaba trepando por la ladera de una montaña. En ese momento, no imaginábamos que tal desnivel, sería uno de los menos prominentes que nos esperaban.

    Por supuesto que la otra vía de acceso a la isla es el avión, pero nos deleitamos tanto con el trayecto en barco, que no lo cambiaríamos. Alquilamos un apartamento en el municipio de Alajeró, en el pueblecito pesquero de Playa de Santiago, al sur, situado a 33 km de San Sebastián. Es una zona muy tranquila, aunque en los últimos años ha experimentado un pequeño auge debido al turismo y que el aeropuerto se halla a unos escasos 10 minutos. La ruta hasta Playa de Santiago por la GM2 y GM3 al atardecer, nos dio una primera impresión del paisaje. 

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    Recorrimos parajes que nos asombraron gratamente y a los que nuestros ojos estarían poco habituados. La carretera ascendía en acusada pendiente serpenteando la montaña que se abría en profundos y largos barrancos que desembocaban en el océano. Paramos en varios miradores que encontramos en la autovía, que nos dejaban sobrecogidos por la altura y las amplias vistas. El Teide, siempre en la lejanía, se alzaría majestuoso y vigilante allá por donde fuéramos. Coronábamos y descendíamos continuamente collados y valles salpicados de palmeras donde las casas se adentraban en desfiladeros imposibles. Pasamos por un restaurante que se llama “Degollada de Peraza” ubicado al borde de un desfiladero. Fue tremendo ver la edificación colgada tan al filo desde el otro lado del pronunciado barranco. Llegamos maravillados a nuestro destino, Playa de Santiago. 

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    Nos alojamos en lo más alto, al borde del acantilado, sobre el puerto en unos apartamentos en la calle Las Trincheras gestionados por https://canarygoodvibes.com que recomendamos. Aparte de estar muy bien equipado y disponer de todos los detalles, lo mejor fue la espléndida ubicación. Desde la amplia terraza las vistas eran indescriptibles. Cada mañana, con un café, contemplábamos la playa, los barcos pesqueros y el muelle, también la plaza y el paseo marítimo. Pero lo que más llamaba nuestra atención y de lo que resultaba difícil apartar la mirada seguía siendo, el imponente y majestuoso Teide. De frente podíamos ver claramente la lomada de Tecina, otro gran cañón sobre el que se sitúa el Hotel Jardín Tecina, que goza de un campo de golf cara al océano. Un hospedaje dedicado al relax y a la distensión.

    Como hemos mencionado, Playa de Santiago es un lugar muy apacible, de ambiente pesquero y familiar. Se halla flanqueado por acantilados y la playa junto al puerto, está compuesta de cantos y gravilla negra. Sus aguas son tranquilas y poseen una gran riqueza marina con numerosas cuevas para la práctica del submarinismo, el snorkel y el kayak. En el paseo marítimo encontramos restaurantes y algunas tiendas. 

    El primer día en la isla, realizamos una parada en la oficina de información, para recoger algunos mapas, ya que dedicaríamos el día, sin más dilación, a uno de los tesoros de La Gomera, a El Parque Nacional de Garajonay

    Aunque nos recomendaron visitar previamente El Centro de Visitantes Juego de Bolas en el Municipio de Agulo en el norte para tener la información del Parque, se nos quedaba fuera de la ruta que previamente habíamos organizado, por lo que decidimos realizar un pequeño sendero hasta la Ermita de Nuestra señora de Lourdes en el Monte de El Cedro

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    Obviamente, si planificas el viaje, se aprovecha mejor el tiempo y para no encontrar sorpresas desagradables se debe llevar mapa, gorra, agua y algo de abrigo o chubasquero debido a la humedad, ya que en la isla los cambios de temperatura son una constante. También es importante mirar la climatología, así como llevar unas buenas botas de montaña. Siempre puedes despreocuparte de todo, y visitar o contratar guías expertos en El Centro de Visitantes Juego de Bolas. No solo te informarán, sino que podrás elegir las rutas accesibles según tus preferencias, largas o cortas o mayor o menor dificultad, las hay para todos los gustos. También ofrecen todo tipo de actividades en los puntos de información de Laguna Grande y San Sebastián.

    Nos adentramos en la carretera con muchas expectativas sobre lo que el día nos deparaba. Rumbo al Parque encontramos espectaculares miradores situados en angostas curvas. Uno de los más impresionantes fue el Mirador de los Roques. Los Roques son enormes bloques redondeados de lava solidificada que nunca llegó a salir a la superficie, y que más tarde quedaron a la vista por la erosión. Actualmente, es uno de los rasgos geológicos más característicos de La Gomera. El conjunto de miradores de Los Roques ofrece impresionantes ventanas de este paisaje. Los Roques de Agando, Carmona, Ojila y la Zarcita nos regalan una estampa inigualable.

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    Mencionar que El Parque Nacional de Garajonay se caracteriza por su alta concentración de bosque de laurisilva. Es un tipo de vegetación arbórea de la Era Terciaria y es en este parque donde se encuentra uno de los mejores conservados del planeta. Este tipo de bosque, atrapado por las nubes, está expuesto a los húmedos vientos alisios que arrastran partículas de agua a lo largo de todo el Atlántico Norte, para luego topar y depositarse en las hojas y las ramas de los árboles. Las nieblas que forman el mar de nubes chocan contra las hojas en forma de pequeñas gotas de agua y caen al suelo, creando aguas subterráneas. Este fenómeno, denominado “lluvia horizontal” es de suma importancia para la exuberante vegetación subtropical, el bosque de laurisilva, y a su vez, representa un importante aporte de agua. 

    Seguimos el mapa y dejamos la vía principal en el desvío del “Reventón Oscuro”. Circulamos por una vía empedrada y poco a poco nos fuimos internando en un camino bastante pedregoso, no había nadie así que continuamos sendero abajo. Una cúpula verdosa de árboles comenzaba a cubrir la calzada, el musgo lo cubría todo como un tapiz, los troncos y rocas, la humedad empezó a hacerse muy latente y la temperatura comenzó a descender rápidamente. Nos detuvimos a hacer fotografías en un banco de piedra completamente cubierto de líquenes, surgió la bruma entre la arboleda y nos adentramos en un lugar realmente mágico…

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    Llegamos a una zona de aparcamiento. No había ni un alma. Encontramos varias dependencias y servicios, pero todo estaba cerrado. Nos metimos por una senda del bosque para disfrutar de su belleza y exuberancia. Estos senderos son antiguos caminos por los que el gomero se trasladaba de un lugar a otro de la isla. Encontramos y seguimos indicaciones hacia la “Ermita de Nuestra Señora de Lourdes”. Había mucho rocío y la tierra era un tanto rojiza. Los helechos gigantes, de un verde intenso, se extendían ladera arriba. De los árboles colgaban hiedras y plantas trepadoras cuyos troncos se retorcían en busca de luz, el boscaje había forjado cuevas en las que anidaban hongos de gran tamaño, el paraje era fascinante y el ambiente fantasmagórico. Varios haces de luz se colaban entre los árboles. Es probable que allí fuera donde habitaran los gnomos y las hadas. El riachuelo de El Cedro nos acompañó todo el camino. La bruma entre la vegetación creó formas e imágenes dejando un aspecto realmente primitivo.

    Llegamos a la Ermita, una bonita construcción en medio del monte. Aunque la encontramos cerrada, nadie nos quitaría aquel enigmático y bello camino. En medio del silencio y la espesura, oímos la caída de un caño de agua. Es el árbol que da agua, nos habían hablado de él. El agua fluye del tronco de un árbol que golpea con estrépito el terreno. Es un bosque de cuento, un escenario en el que la naturaleza nos enseñó todos sus encantos.

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    Regresamos a Playa de Santiago y cenamos en un agradable restaurante en el paseo marítimo, dejándonos aconsejar y degustando un pescado fresco del día, la luna nos enseñó su mejor cara. La temperatura volvía a ser una gozada y los gomeros que encontramos, gente cercana, amable y hospitalaria.

    El segundo día nos tocaba recorrer el norte empezando por Hermigua, Playa de La Caleta, Playa de Santa Catalina y las piscinas naturales. Les seguiría el pueblecito de Agulo, el Mirador de Abrante, y Vallehermoso. Un largo, variado y expectante recorrido, que nos dejó muchísimas y valiosas impresiones. 

    Situado en un barranco que termina en Playa de Santa Catalina, HERMIGUA es un pueblo muy pintoresco. Desde la parte más alta, se ven diseminadas las verdes plataneras que resaltan con el azulado océano. La vista es espectacular. Formando parte de su pasado avistamos los vestigios de “el pescante”. Una extraordinaria obra de ingeniería, una gran grúa de metal sobre estructura de hormigón en el mar, testigo de la arquitectura industrial construida entre 1907 y 1908 para el transporte de productos y personas. Ya en desuso, enormes columnas crean un paisaje megalítico sobre el océano. A pocos metros, se sitúan las piscinas naturales de Hermigua

    La carretera de acceso estaba cortada por peligro de desprendimiento al estar bajo un prominente acantilado. El lugar es inquietante y, salvajemente bello.

    Además de las piscinas naturales, HERMIGUA cuenta con dos playas, la de Santa Catalina y la de La Caleta. Llegar a la playa de La Caleta en el valle contiguo, nos pareció todo un reto. El camino era bastante tortuoso y estrecho, que, unido a varias obras en la carretera, resultó un tanto incómodo, pero la poca afluencia de vehículos facilitó bastante tanto la subida (con una inclinación que impresionaba), como la bajada. Llegamos a un pequeño aparcamiento desde el que varias sendas se abrían por la montaña. Vimos algún intrépido senderista ya que el terreno era muy agreste y con mucha pendiente. Caminamos por una rampa asfaltada. Era una playa resguardada, tenía un kiosco y disponía de mesas de madera a la sombra, aunque en el momento de nuestra visita estaba todo cerrado y abandonado… varios gatos habían salido a recibirnos ... algún recipiente de agua nos indicaba que alguien se ocupaba de ellos. La playa es de cantos, en uno de sus laterales asomaba un gran escollo en forma de punta. El mar estaba bravío y las olas chocaban con estrépito contra el gran peñasco, lo que le daba un estremecedor encanto. Nos hubiera encantado ver esta playa con el mar en calma … 

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    En Hermigua, en el barrio de San Pedro, el Convento Dominico alberga interesantes piezas artísticas y se halla rodeado por casas de arquitectura tradicional. También el Museo del Gofio y el Museo Etnográfico, nos dieron a conocer las tradiciones de los habitantes de La Gomera. 

    Continuamos hasta AGULO. El pueblo de Agulo tiene dos zonas diferenciadas, el casco antiguo y las zonas altas de Las Rosas y La Palmita. Merece la pena deambular por su casco histórico de calles empedradas y observar las casas encaladas de arquitectura tradicional, así como visitar la Iglesia de San Marcos, una atractiva iglesia de estilo neogótico en el que la blancura de las cúpulas contrasta con el azul del cielo. En sus alrededores, cada 24 de abril los lugareños saltan hogueras en honor al santo patrón. Es un pueblo con mucho encanto. En la parte alta, la vista al Teide y el pueblecito de Agulo son espectaculares en su conjunto, además es el emplazamiento del Centro de Visitantes de Juego de Bolas, donde como ya hemos dicho, se halla toda la información del Parque Nacional de Garajonay. 

    La próxima parada y visita obligada es el Mirador de Abrante, llamado así por encontrarse en el acantilado homónimo, al que llegamos tras un sinuoso puerto. Nos recibiría un admirable edificio diseñado por José Luis Bermejo, inaugurado en 2013, que alberga un restaurante que para nuestra desgracia acababa de cerrar la cocina. En un lateral del salón, un brazo de vidrio de unos siete metros se internaba en el vacío y nos atrajo sobremanera, asomándose al precipicio. Hay que tener valor para caminar suspendido en el aire, contemplando el paisaje a vista de pájaro. Una vez en el exterior, varias terrazas nos ofrecieron vistas al valle. Al fondo, Tenerife, no había nubes, pero sí muchísimo viento, vagamos siguiendo el litoral de tierra roja, de tan intenso color que parecía una superficie de otro planeta. La vista desde allí era extraordinaria, varios tipos de plantas se dispersaban por las pequeñas lomas, el paseo sobre el deslumbrante bermellón frente al azul oceánico nos dejó realmente pasmados hasta el punto de preguntarnos dónde realmente estábamos … el Teide de telón de fondo, seguía imperturbable….

    Regresamos a Playa de Santiago por Vallermoso, un municipio que conserva grandes extensiones de sabinas, un arbusto de retorcidas formas producidas por el viento que prácticamente han desaparecido. Realizamos una corta parada para llevarnos la famosa miel de la savia de la palma canaria. Un producto cuyo dulce jugo reina en la cocina gomera. Las calles y placitas de Vallermoso conservan la arquitectura popular que define la esencia de La Gomera. En este lugar el tiempo parece haberse detenido. A pesar de la poca luz que quedaba, pudimos ver el Roque Cano, símbolo del municipio y la atrayente Fortaleza de Chipude, un santuario aborigen que se muestra en forma de una extraordinaria meseta. Cruzamos llanuras, caseríos, contemplamos construcciones tradicionales de viviendas diseminadas por valles y hondonadas y regresamos tarde pero reiteradamente encantados.

    Tras dos días de coche y sinuosas carreteras, el tercer día decidimos quedarnos a conocer Playa de Santiago y sus alrededores. 

    Tras contemplar un buen rato, como cada mañana, que en esta ocasión presentaba una cima sesgada por laminadas nubes blancas, y observar  el mar en calma, nos dispusimos a darnos un baño en las cristalinas y deliciosas aguas de Playa de Santiago. Tras secarnos al sol, caminamos un rato y encontramos una tienda de alquiler de bicicletas de montaña profesional donde, además, realizan rutas programadas por toda la isla. Si queréis información entrar en  www.gomeracycling.com

    Cogimos el coche para conocer tres playas contiguas situadas detrás de la lomada de Tecina. Playa Tapahuga, Playa del Medio y Playa de Chiguarime. Después del Hotel Tecina tomamos la carretera que descendía por el acantilado hasta las playas. La que más disfrutamos fue La Playa de en Medio por la que deambulamos descubriendo extrañas formaciones rocosas forjadas por la erosión. Otra bellísima playa salvaje. Ese día el baño resultaba peligroso, había mucha corriente y el mar estaba muy agitado. De regreso, sobre el acantilado, paramos a sacar una panorámica sobre un camino de tierra arcillosa que serpenteaba hasta el mar. El lugar es precioso y permite fotografías hacia ambos lados de la ancha manga, las playas van apareciendo a medida que avanzas. Es una maravilla. Hacia la montaña el paisaje se vuelve árido y volcánico. La vegetación es igualmente muy peculiar. Seguimos encontrando multiplicidad de imágenes en distancias muy cortas. 

    Reservamos una mesa en el restaurante del Club Laurel, La Trattoria, que se encuentra al final de la Playa de Santiago y pertenece al Hotel Jardín Tecina. Este Hotel, aunque se encuentra como hemos dicho sobre el barranco, un ascensor en el interior de la roca, baja a los huéspedes al Club Laurel hasta la misma playa, donde se sitúa “La Trattoria”. Otra de las curiosidades del hotel, es que ofrecen una cena para dos personas en una cueva frente al océano, con el sonido del mar y unas vistas de ensueño como únicos testigos. “La Trattoria” es un lugar muy amplio y tiene elegantes rincones frente al océano. En su restaurante degustamos un sabroso solomillo de cerdo con salsa de almogrote (una de las joyas de su gastronomía), acompañado de sus “papas arrugás”. 

    A la salida visitamos “Art Studio”, un estudio de arte que se encuentra dentro de una casa tradicional. Un sitio muy curioso que tiene de todo, desde postales, ropa, hasta piedras preciosas, joyas, hecho a mano y con muy diversos materiales. Muy cerca también se hallan dos chiringuitos en la línea de la playa. “El Tarajal” y “La Chalana”.

    En la puesta de sol nos dirigimos a un sendero que discurre por la costa y que comienza sobre el mismo puerto de Playa de Santiago. Es un excelente paseo con varios balcones frente al océano que son una maravilla, sobre todo al atardecer. También es una zona residencial donde se instalan hoteles y apartamentos con todos los servicios y muy buenas panorámicas. 

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    Por último, El Restaurante La Cuevita, muy cerca del puerto y adyacente a la Ermita de la Virgen del Carmen, fue uno de nuestros preferidos, tiene muy buena cocina con mariscos, pescados frescos y buenos vinos. 

    Los dos últimos días que nos quedaban en la isla los dedicaríamos a Valle Gran Rey y a su capital, San Sebastián.

    Situado al oeste de la isla, Valle Gran Rey es el municipio turístico por excelencia. La primera parada la hicimos en el Mirador de la Ermita del Santo, en Arure, donde disfrutamos del profundo valle de Taguluche. Se accede caminando por un bonito sendero de tierra bordeado de vegetación. Vimos pequeños charcos, lo que nos resultó increíble dado que hacía unos seis años que no llovía, (obviamente es cosa de los alisios y las aguas subterráneas). Las panorámicas del pronunciado desfiladero rocoso eran tremendas, una construcción de plataformas llevaba a la Ermita. Algunas palmeras se divisaban dispersas por el empinado barranco, pudimos ver al fondo, entre el azul del mar, la isla de la Palma. 

    Todos los miradores de Valle Gran Rey son espectaculares. El Valle Gran Rey nos dio la mejor muestra del desmantelamiento de la isla en profundísimos barrancos, auténticas dentelladas sobre la superficie y excavaciones resultado de la erosión.

    Uno de los imprescindibles es el Mirador del Palmarejo, también conocido como el Mirador de César Manrique, obra del célebre artista lanzaroteño, que como no podía ser de otra manera se halla perfectamente integrado en el paisaje. Una maravilla de instalación, con varias terrazas al valle en el que se avistan increíbles balcones de cultivo y viviendas encajonadas en pendientes prácticamente verticales, es realmente sobrecogedor. Un restaurante acristalado nos invitó a quedarnos. Este mirador encierra las mejores vistas de este valle escalonado por bancales de sembrados y huertos. 

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    La franja costera del Valle Gran Rey abarca unos 5 Km y tiene playas de finísima arena siendo La Playa de La Calera y La Playa de La Puntilla las de mayor extensión. Nos dirigimos primero a La Playa del Inglés por estar más alejada del centro. Atravesamos el pueblo e inmediatamente la encontramos accediendo por un caminito de delicada arenilla que brilla con la luz del sol. Caminamos descalzos, cosa que echábamos de menos, por la suave arenilla que, aunque caliente, no quemaba. La temperatura era ideal, es lo que tiene este archipiélago. Había dunas sobre las que se dispersaba verdosa vegetación. El paisaje era bucólico, al fondo se divisaba la playa. En la orilla grandes y redondeadas piedras eran bañadas por el oleaje. Estaba limitada por un gran acantilado anaranjado y una plataforma rocosa. La playa era indómita y hermosa, el mar tenía muchísima fuerza. Prácticamente con meterte hasta las rodillas, el agua te mojaba por completo. Nos refrescamos en la orilla mientras nos recreamos con la naturaleza viendo tan fantástico panorama: los saltos que se producían al encontrarse las olas con los pulidos y negros riscos. 

    Aparcamos en el pueblo y descubrimos sus calles y paseos. Además de todo tipo de servicios de ocio y tiempo libre, había muchos bares, tiendas restaurantes y comercios. También empresas de actividades, senderismo y excursiones marítimas en barco a lo que se llama “Los Órganos”. “Los Órganos” es un fenómeno de la acción de la erosión en el acantilado sobre la piedra calcárea. Solo se puede ver desde el mar y se organizan salidas en barco para tal fin. Igualmente se realizan excursiones para el avistamiento de ballenas y delfines. 

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    Frente a La Playa de La Calera y La Puntilla que son playas más frecuentadas puesto que varios hoteles y apartamentos se alzan en las inmediaciones, comimos en un restaurante a pie de mar. Nos ofrecieron e hicimos buena cuenta de unos fresquísimos camarones. Después de un agradable paseo y un baño maravilloso en que la fina arena volvió a ser una delicia, contemplamos una bonita puesta de sol. Regresamos a Playa de Santiago sabiendo que la ruta nos deleitaría con diferentes enfoques. Desde luego uno de los mayores reclamos de Valle Gran Rey son sus fabulosas playas.

    El último día en la isla lo dedicamos a San Sebastián de La Gomera, ciudad que jugó un papel importante en el Descubrimiento de América. Este enclave fue una parada de abastecimiento del Almirante Cristóbal Colón, antes de partir el 6 de septiembre de 1492 hacia las Américas.

    Los orígenes de San Sebastián se sitúan en la década de 1440, cuando Hernán Peraza “El Viejo” tomó posesión de lo que hoy es conocido por sus habitantes como “La Villa”. Entre las primeras construcciones, destacan la Torre del Conde, La Iglesia de La Asunción o La Ermita de San Sebastián. Actualmente, San Sebastián de La Gomera, es la capital y el principal puerto de la isla, con un gran desarrollo en el transporte, servicios, comercio y turismo. 

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    Tras contemplar varias perspectivas, la ciudad queda definida por su casco histórico y el puerto al final de la bahía. Con casitas de colores, ha sabido compaginar la arquitectura tradicional con las modernas edificaciones, como el Parador de Turismo o El Auditorio “Infanta Cristina”. El casco antiguo es pequeño y no se tarda mucho en recorrer. En torno a la calle real se encuentra casi todo. Nos dejamos llevar y nos topamos con los monumentos colombinos, que son aquellos que guardan relación con Cristóbal Colón o datan de la época en que pasó por La Gomera, como La Casa de La Aguada, en cuyo patio, aún se conserva el antiguo pozo donde el Almirante se abasteció de agua camino al Nuevo Mundo, y, con la que se dice que “bautizó América”. También, el Museo Arqueológico, que está ubicado en un edificio de la época y merece la pena visitar. La calle peatonal es encantadora, las fachadas tienen un gran colorido y son bastante pintorescas, con balcones muy peculiares. Un poco más alejado, en medio de un parque se halla la Torre del Conde, una torreta defensiva de estilo gótico, cuya finalidad era evitar los ataques. Es el símbolo de la isla y es un monumento muy atrayente. Cuadrada de paredes blancas y esquinas de cantos rojos, destaca entre la arboleda del gran jardín que la rodea. 

    Entre las calles peatonales, el restaurante de gastronomía isleña “Restaurante Breñusca”, nos pareció ideal para degustar platos tradicionales, y no nos equivocamos. Con música de fondo, al son de guitarras y bandurrias, degustamos lo que la cocinera nos ofreció, un plato de potaje de berros y un guiso de cabra. De postre probamos la leche asada, otro producto tradicional de la repostería gomera. Terminamos con el típico “barraquito” y un paseo por las dos encantadoras playas urbanas que posee la ciudad. La Playa de San Sebastián y la de La Cueva, al lado del puerto deportivo. Sus aguas son apacibles y cristalinas. Tal y como hemos hecho, en algún momento de la historia Cristóbal Colón recorriera esta mismísima bahía.

    La Gomera atesora una extraordinaria belleza salvaje, goza de una autenticidad que se ha sabido conservar muy bien. Esta pequeña gran isla, cuyos paisajes parecen sacados de otro planeta es todo un regalo para los sentidos. Conocerla, ha sido todo un acierto.

    Mas información en www.lagomera.travel

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