La empatía

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La empatía es saber ponerse en la piel del otro y acompañarle en lo que siente. Parece fácil ¿verdad? Pues no todo el mundo sabe ser empático, aunque muchos presuman de ello. Es una capacidad con la que se nace pero una cualidad que hay que cultivar a lo largo de toda la vida. Y ojo, tan malo es ser cero empático como serlo demasiado. Pero tranquilos, hasta para eso, siempre hay solución.

De ti depende

Por Maika Cano. 

Las fotos de este reportaje son cortesía de https://pixabay.com

La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de entenderlo, de sentir lo que esa persona puede sentir, de identificarse con su alegría o con su pena, de hacerle sentir que no está sola con su dolor o con su ilusión, de comprender lo que piensa... Hasta aquí todo se entiende perfectamente, pero ¿nacemos siendo empáticos o nos hacemos empáticos?, ¿por qué hay personas que no son nada empáticas ¿por qué hay personas demasiado empáticas?, ¿se puede aprender a tener empatía?

Pues bien, vayamos por partes. La empatía es una capacidad, una cualidad, una habilidad con la que se puede nacer pero que habrá que desarrollar a lo largo de la vida. Precisamente por eso, por el hecho de que se pueda desarrollar, la empatía no es un don sino que está en nosotros de forma potencial y de nosotros depende el uso que hagamos de ella.

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El término empatía procede del griego empátheia, que significa emocionado o apasionado, y que fue acuñado y matizado por la Psicología como terapia a principios del siglo XX para definir la habilidad cognitiva o emocional de un individuo para ponerse en la piel del otro: empatía es un «sentimiento compartido».

Como habilidad (psicológica y social), la empatía nos ayuda a saber cómo se sienten otras personas, pero para que sea empatía de verdad debemos ponernos en su piel y comprenderles desde sus propias circunstancias, no desde las nuestras. Seremos empáticos de verdad cuando aun siendo nuestras circunstancias o nuestra forma de ser muy diferentes a la de alguien, somos capaces de comprenderle, de entender lo que siente o cómo se comporta, o incluso de apoyarle en las decisiones que toma.

La empatía también es un valor que nos permite relacionarnos unos con otros, crear relaciones sanas y productivas, hacer que nos ayudemos entre todos y hacer mejor la sociedad. Sin olvidar que la empatía no surge solamente ante la pena de otras personas, sino también ante sus alegrías. Ser empático no es comprender a alguien cuando le pasa algo malo y sin embargo no alegrarme o sentir envidia cuando le sucede algo bueno.

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Tipos de empatía

La empatía tiene muchas dimensiones o formas de manifestarse. Puede ser afectiva cuando nos emocionamos al ver qué les pasa a otras personas, cuando nos empapamos y contagiamos de lo que siente el otro, cuando sentimos compasión por lo que le pasa en un momento dado y nos llegamos a sentir mal de alguna manera como respuesta a su sufrimiento. Y puede ser cognitiva cuando el grado de compresión tiene que ver con lo que esa persona piensa, con su estado mental, sus puntos de vista; con interpretar sus deseos, sus intenciones, sus creencias. Es una cualidad más mental que emocional que nos llevaría como a leer la mente del otro y a darle una respuesta a lo que le inquieta.

Evidentemente, la empatía cognitiva es más fría y práctica que la empatía más emocional. Esta, está más relacionada con el mundo afectivo por lo que parece que a priori tiene que existir contacto con las personas con las que empatizamos. Pero entonces, ¿qué pasa cuando nos emociona ver el sufrimiento de los refugiados?, ¿es eso empatía o es sensibilidad o compasión? Veamos algunas diferencias.

Empatía e inteligencia emocional

La empatía forma parte, junto a otras habilidades, de la inteligencia emocional, otro de los nuevos términos acuñados en el último siglo: un sistema global que nos permite relacionarnos y comunicarnos con nosotros mismos y con los demás desde el punto de vista de los sentimientos. Inteligencia emocional es ser empático, pero también controlar nuestras emociones, tener capacidad de motivación y saber manejar nuestras relaciones, entre otras muchas muchas cualidades más.

Sin embargo, no debemos confundir la empatía con muchas otras cualidades basadas en el afecto y la preocupación por los demás, y que también nos ayudan a relacionarnos y ayudarnos unos a otros, como son la solidaridad, la compasión o el altruismo. Se podría decir que la empatía es un sentimiento que comparte la pena, que acompaña al otro, pero es un sentimiento pasivo mientras que la solidaridad, por ejemplo, nos inclina a hacer algo por ayudar a los demás.

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La empatía también se relaciona con otras virtudes como la simpatía, la asertividad, la bondad o el respeto, y hasta se podría decir que muchas de ellas se incluyen dentro de la empatía, y que están ampliamente conectadas, ya que todas ellas tienen algo en común: son habilidades que conectan a las personas, generan armonía, facilitan la comunicación y las relaciones y crean vínculos positivos.

Por último, tampoco se debe confundir empatizar con proyectar. Cuando proyectamos, estamos asociando algo que nos cuentan pero que relacionamos con una experiencia vivida por nosotros. Les entendemos, pero estamos proyectando, no empatizando. Según algunos expertos, es inevitable proyectar de alguna manera cuando escuchamos lo que sienten otras personas; nuestra mente no puede quedarse en blanco. Pero para empatizar, en la medida de lo posible, sí que hay que saber diferenciar entre nuestra experiencia y la de la persona que escuchamos, y centrarnos en lo que la otra persona nos cuenta para darle consuelo o una respuesta que le ayude.

Somos empáticos cuando…

  • Sabemos escuchar y lo hacemos con interés.
  • Cuando escuchamos lo que nos dicen en vez de estar pendientes de volver a hablar nosotros cuanto antes.
  • Cuando sabemos hacerle entender a alguien que le comprendemos, no solo en lo que nos dice, sino también interpretando sus gestos y su estado de ánimo.
  • Cuando sabemos «acompañar» a la otra persona con palabras pero también con un buen abrazo o una leve caricia.
  • Cuando sabemos cómo calmar a alguien que está mal.
  • Cuando sacamos nuestro sentido del humor para relajar a alguien que está en tensión, haciéndole saber que queremos animarle y que no hay ninguna de falta de respeto en nuestras bromas.
  • Cuando aportamos soluciones a un problema que nos cuentan.
  • Cuando demostramos delicadeza y sensibilidad, cuando no hacemos chistes que no vienen a cuento y cuando no nos distraemos y oímos pero sin escuchar.
  • Cuando somos solidarios, prueba empática de que somos sensibles a las necesidades de los demás.
  • Cuando respetamos siempre lo que dicen los demás aunque no estemos de acuerdo.
  • Pero no hay que pasarse…
  • Como en muchos otros ámbitos, en el equilibrio siempre está la virtud y hay quien se pasa de empático y acaba sufriendo algunas consecuencias. Sobre todo, cuando un exceso de empatía tiene lugar entre personas con relaciones afectivas y estrechas, sentimentales o familiares, en las que el empático da siempre más pero al mismo tiempo sufre porque no recibe lo mismo.
  • Las personas empáticas suelen ser más sensibles que la mayoría y en ocasiones se contagian en exceso de las emociones de los demás. Acompañar y comprender puede exceder algunos límites y que el empático absorba tanto de los demás que acabe viviendo al ritmo de esas personas, a expensas de ellos, sin control. Siendo además presa fácil de ese tipo de personas que vuelcan su negatividad en los demás o que son vampiros emocionales a todas horas. O supeditando su bienestar personal al de las personas con las que empatizan. O sufriendo demasiado cuando se les desprecia el hombro que ofrecen, pasando de ser empáticos a demasiado susceptibles y a sentirse terriblemente ofendidos.
  • También los empáticos pueden sufrir frustraciones cuando por empatía se vuelcan en los demás pero luego no sienten que puedan ayudarles, no sienten que consiguen resolver sus problemas.
  • Por no hablar de cómo muchas personas desarrollan demasiado su empatía pero para compensar su soledad, su introversión; aunque al mismo tiempo tienden a buscar muchos momentos en soledad para recuperar su vida tras la escucha continua de los problemas de los demás.
  • Y por supuesto, no podemos olvidar ese tipo de empatía manipuladora que muchas personas utilizan para obtener beneficios personales, una empatía interesada que se practica también pero para conocer los puntos débiles de los demás y para darles la vuelta y utilizarlos en nuestro propio beneficio.
  • No somos empáticos cuando…
  • Cuando escuchamos y nos ponemos en el lugar del otro pero desde nuestra forma de ser, desde nuestras circunstancias, no desde las de la otra persona.
  • Cuando somos egoístas. El egoísmo es incompatible con la empatía: solo pensamos en nosotros mismos, en nuestros deseos, en nuestros sentimientos, en nuestra vida… en nuestro círculo, en ese mundo donde nosotros somos el centro. Y no cabe nadie más.
  • Cuando creemos que nuestros problemas son los más importantes y que ninguno de los problemas de los demás se pueden comparar a los nuestros.
  • Cuando no escuchamos sino que nos limitamos a oír pero tenemos la cabeza en otra parte; o peor aún, cuando demostramos aburrimiento por tener que escuchar el rollo que nos está contando alguien.
  • Cuando juzgamos en vez de comprender y consolar, cuando tenemos prejuicios.
  • Cuando escuchamos las penas de alguien con respeto pero somos incapaces de demostrarle ningún tipo cariño, por pequeño que sea el gesto.
  • Cuando escuchamos pero esperando que nos lo agradezcan y que nos lo compensen o nos devuelvan «el favor».
  • Cuando le quitamos importancia a lo que nos cuentan los demás, o incluso les ridiculizamos por ello o hacemos bromas, o cuando les seguimos la corriente.

Pero puedes serlo si quieres…

Claro, solo hay que quererlo. Nacemos con un potencial de empatía que deberemos desarrollar y potenciar. Y sí, ese componente innato y ese otro que hay que desarrollar son los que confirman de alguna manera que la empatía está al alcance de todos.

Todos nacemos con un potencial para ayudar a los demás o, al contrario, para replegarnos y pensar más en nosotros mismos. La vida, lo que nos rodea, cada circunstancia, serán los que nos lleven a desarrollar más una cualidad que otra. Influirá por supuesto cómo maduremos, la confianza que tengamos en nosotros mismos y las relaciones constructivas que desarrollemos. Evidentemente, cuanto mejor somos y estemos, seremos más empáticos. Y aún será más auténtica nuestra empatía si nos preocupamos por los demás y empatizamos con ellos cuando estamos mal nosotros o pasando por momentos difíciles.

El uso que se hace de la empatía es diverso: hay personas que pudiendo ser empáticas se vuelven tan egoístas que dejar de ser empáticas, o personas que sienten la empatía pero por su forma de ser o circunstancias no saben cómo demostrarla.

El primer punto de inflexión tiene que ver con la escucha. Para ser empáticos hay que estar dispuestos a escuchar, a abrir la mente, a comprender la vida de otras personas… todo unido, claro. Se puede ser una persona que escucha bien pero lo hace juzgando lo que le cuentan, o interpretando lo escuchado solo desde sus propias circunstancias. Así, no.

Una vez abierta nuestra escucha y nuestra mente y alejados todos nuestros prejuicios, la empatía se puede seguir desarrollando poniendo verdadero interés en lo que nos cuentan, sin interrumpir continuamente al otro; se puede desarrollar haciendo preguntas que le ayuden en su desahogo y sin tratar de ir de consejeros expertos que en el fondo lo que desean es acaparar todo el protagonismo de la situación. Nuestra participación debe ser respetuosa, constructiva, sutil y cariñosa. Observa el lenguaje no verbal de la otra persona, lee entre líneas, sintoniza con su actitud.

Una muestra de verdadera empatía es aquella en la que nuestra actitud y nuestra escuchan ayudan a la otra persona a sentirse mejor porque se ve acompañada, escuchada… nuestra opinión puede esperar, de nosotros se espera sobre todo «que les entendamos».

No olvides que ser empático no es darle la razón a la otra persona en todo, ni apartar tus creencias o decisiones por demostrarle nada a la otra persona. Con la empatía hay respeto e interés pero sin dejar de lado nuestra persona.

Finalmente, aunque la empatía es espontanea, cuando hay situaciones que sabemos que vamos a vivir y en las que queremos ser empáticos, es fundamental que dejemos nuestros problemas de lado, que miremos a la otra persona a los ojos, que nos olvidemos de querer ser los superempáticos del mundo… Y que escuchemos, escuchemos, escuchemos.

Curiosidades

  • La empatía es una habilidad instintiva que comparten animales y personas. Aunque nacemos con ella, no se empieza a desarrollar hasta los dos años, aproximadamente. En estas edades, los pequeños demuestran su empatía alterándose cuando ven mal a su mamá, por ejemplo; aunque su capacidad de consolar o de ayudar aún no la han desarrollado. A partir de los cuatro o cinco años se les puede empezar a educar en la empatía para que aprendan a conocer sus emociones básicas, cómo se sienten los demás o qué necesitan los demás en un momento dado. Antes de esa edad, el yo es muy acusado en los niños y aún no entienden que los demás piensan y sienten también, y que ese sentimiento no es patrimonio exclusivo de ellos.
  • Según estudios sobre psicología y endocrinología, los hombres, cuando están estresados se vuelven más egoístas y consecuentemente, menos empáticos. Las mujeres, en la misma situación de estrés, actúan de forma totalmente opuesta, respondiendo a su entorno de forma más empática y menos egoísta.
  • En el caso de los animales, estos cuentan con un rasgo instintivo empático con el que sienten «cierta tensión» ante el sufrimiento de otro animal. En el caso de los ratones, por ejemplo, se ha comprobado que un ratón colocado ante una jaula con un pastel y otra con otro ratón, abrirá ambas y compartirá la recompensa con su congénere.
  • La empatía mejora nuestras relaciones familiares, sociales y laborales. Prácticamente, en casi todos los ámbitos de nuestra vida, la empatía es una cualidad que siempre siempre nos va a favorecer. Curiosamente, las personas cero empáticas tienen más problemas en todos estos ámbitos.
  • Las profesiones en las que la empatía está más valorada son precisamente aquellas en las que se trabaja para los demás: profesionales de la salud, psicólogos, terapeutas, profesores, esteticistas o estilistas, entre otros.

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